21 de Agosto

DIA DEL CATEQUISTA

Hora Santa por los Catequistas

 
OH Dios, nos presentamos ante Ti  con la sumisión que nos inspira la presencia de tu grandeza. Creemos en ti porque eres la verdad misma, esperamos en ti porque eres infinitamente bueno, te amamos con todo nuestro corazón.
Creemos, Señor, pero aumenta nuestra fe, la fe en un Dios que por amor quedó oculto en las apariencias del pan y del vino.
(Silencio)
Señor venimos con toda confianza a dirigirte nuestras oraciones en común, los unos por los otros, porque todos formamos juntos una sola familia, ante tus ojos. Concédenos la gracia de amarnos como hermanos, esparce tus más abundantes beneficios sobre todos los catequistas.
Que toda división, toda envidia, todo rencor, sean desterrados de nosotros. Que nuestras comunidades sean hospitalarias, que nuestras manos estén siempre abiertas para dar y que nuestro corazón esté siempre dispuesto a escuchar, compadecer y a perdonar.
 
Derrama tu divina luz sobre todo aquél que no te conoce.
Mira a tus hijos que tienen hambre y sed de tu Evangelio y envía catequistas dispuestos a dar su “Sí”.
Señor,  que seamos fieles colaboradores  de tus pastores. 
Compadécete, de tus catequistas tibios. Olvídate de sus pecados y acuérdate únicamente de tu gran misericordia.
Una súplica especialísima;  que guardes a tu lado a todos los catequistas que llamaste a tu presencia. Amen 
 
(Silencio)
Adorar es reconocer en nosotros nuestra nada y en Dios el todo, en nosotros nuestra miseria y en El la misericordia.
Por nuestras cobardías y miradas hacia atrás.
Porque olvidamos que es tu Espíritu el que actúa en nosotros.
Porque a veces sentimos la tentación de sentarnos a la orilla del camino.
Porque a veces el anuncio de tu amor en nuestra catequesis ha sido débil y condicionado.
Porque muchas veces nos olvidamos de la dimensión misionera en nuestro mensaje.
Porque a veces somos reacios al trabajo en equipo, solemos ser individualistas y no unimos nuestras manos y esfuerzos para llevar a los catequizandos a un verdadero y profundo encuentro contigo.
 
Por todo esto, Jesús Sacramentado, derrama sobre nosotros tu infinita misericordia.
 
(Momento de silencio o bien un canto)
 
Ante los ojos del mundo, los catequistas, somos un puñado de arcilla, pero en las manos del Gran Alfarero nos convertimos en esa vasija de barro que guarda el Gran Tesoro.
Dejemos que ese amoroso y gran artesano nos revele la forma más bella para cada uno de nosotros.
 
Abandonados en tus brazos, cada uno de nosotros te dice:
Te entrego, Señor, mi vida; hazla fecunda.
Te entrego mi voluntad; hazla idéntica a la tuya.
Toma mis manos; hazlas acogedoras.
Toma mi corazón; hazlo ardiente.
Toma mis pies; hazlos incansables.
Toma mis ojos; hazlos transparentes.
Toma mis horas grises; hazlas luz.
Toma mis cansancios; hazlos tuyos.
Toma mis mentiras; hazlas verdad.
Toma mis muertes; hazlas vida.
Toma mi pobreza; hazla tu riqueza.
Toma mi nada; haz lo que quieras.
Toma mis pecados, mis eternas omisiones,
mis permanentes desilusiones, mis horas de amargura;
transfórmalo todo.
Concédeme la alegría en la entrega cotidiana,
para que en ella te descubra como mi luz y guía.
 
 
( Canto)
 
Nuestra  vocación es un regalo que hemos recibido de Dios, pues como El dijo: “yo los he elegido”. Cuando decimos sí al Señor, hemos de saber exactamente que hay en ese “sí”. 
Sí, significa me entrego total y absolutamente.
Gracias Señor por ese llamado.
Gracias Señor por enseñarnos que ser catequista es: 
Un don antes que un compromiso.
Una vocación antes que una opción personal.
Una respuesta de fe antes que un simple servicio a nuestros hermanos.
Gracias Señor, por elegirnos para ser servidores de  tu palabra.
Gracias Señor por los Sacramentos, alimento de nuestra vida espiritual. 
Gracias por el don de la oración que fortalece nuestra fe y madura nuestra entrega.
Gracias por dejarnos a María, la más perfecta discípula, evangelizadora y modelo.
 
Por eso debemos tener siempre presente a María como modelo en nuestra actividad catequística para que nos enseñe como lo hizo con su Hijo Jesús a ser mansos y humildes de corazón y de esta manera dar gloria a nuestro Padre que está en los cielos. 
Como catequistas debemos aprender a abandonarnos en los brazos de nuestro Padre como  Ella lo hizo.
María caminó en la fe, escucho la Palabra de Dios, la recibió en su corazón y fue absolutamente fiel a ella.
 
Por todo  ello, de rodillas ante Ti, te  decimos “Somos tus catequistas y aquí estamos Señor para hacer tu voluntad.